Con escasa frecuencia se dan en nuestro panorama artístico las exposiciones de los escultores. Diriase que el estatuario es hombre menos preocupado socialmente que el pintor por mostrar el curso de su camino plástico. Pero de sobra conocemos la gran dificultad que lo mantiene atado al estudio, en un anhelo de manifestación estética no liberado de la más dura esclavitud artesana, ya que a la vez actuará como creador y operario -en la más literal expresión del vocablo- de su obra.
Por compensación al lastre y peso con que nace, la obra escultórica es más conceptual que la pictórica. La pugna comunicante entre escultura y contemplador se dirime no en el terreno sensorial, sino en el intelectivo. Los volúmenes gozan de un ritmo interno, suspendidos en el espacio, y su mensaje se inscribe tanto en el campo de la Matemática como en el de la Filosofía.
El escultor que ofrece su obra en el "Club Pueblo" lo hace cuando ésta asume, plenamente, su volición creadora. Federico Coullaut Valera ha trabajado muchos años silenciosamente, sin preocupación exhibitoria. Le bastaba con ver la obra terminada en el taller y con dejarla luego colocada en el interior, el templo o la plaza pública. Porque ninguno de los posibles destinos a una escultura se han cerrado a las estatuas salidas de sus manos.
Para mí, sin embargo, en el hacer del artista hay dos vertientes clave: el monumento y el retrato. Difícil parece el dominio de ambas. Pide el monumento ámbito libre, simplificaciones formales y una "pre-visión" de los contornos dibujados contra el cielo, el paisaje o las edificaciones, en conjugación perfecta, capaz de hacerlos ritmar con ellos, sin obturarlos, dejando pasar libremente el aire por los intersticios del conjunto estatuario. La concepción habrá de ser a la vez grandiosa, pesante y alígera. El retrato, en cambio, es una observación humana en proximidad. El buen escultor buscará las simplificaciones precisas, imprimirá táctiles vibraciones a la materia, comunicando el hálito vital al bronce, la piedra o la tierra cocida, y lo hará sin renuncia alguna a la concepción escultórica esencial.
Federico Coullaut Valera, en cuya obra se inserta también la vertiente imaginera, ejercitada con fervor y nobleza es, por encima de todo, escultor de monumentos y retratos. Entendamos, cómo en el concepto monumento cabe inscribir esas figuras suyas, labradas en la piedra caliza o fundidas en cemento de que ha poblado jardines y lugares públicos, e incluso las estatuillas que, no obstante las breves dimensiones, nacieron de sus manos con la plenitud de lo monumental escultórico.
Ha querido el lector dar a su exposición el auténtico tono de la "muestra". No encontramos aquí toda su obra de estatuario. Pero sí la significación expresiva de sus varios caminos. Y, lo más importante, el testimonio de su última inquietud estética.
Julio Trenas

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