La procesión nos va envolviendo en su misterio. El juego de sombras se hace más intenso conforme se van apagando las luces en las calles. A lo lejos se oye el redoble de un tambor. Pero no es el mismo sonido al que nos hemos acostumbrado estos días. Suena distinto. Suena solo y apagado. Apuntillado. Cansado, retumba más que redobla. Y ese sonido que anuncia el silencio, y esa sombra, hace que tu ser se recoja en sí mismo. Y pasa la procesión.
Oyes las lágrimas de los hachotes acompasadas y oyes las lágrimas de las madres que no tienen para dar de comer a sus hijos. Oyes las lágrimas de los enfermos. Oyes las lágrimas de los que sufren y de los pobres y de los presos, en cada cabeceo de los hachotes. Oyes las lágrimas de tu propia pena. Entre sombras.
Y ves la calle del Duque decadente, en ruina, recordando un pasado de comercios y niños, que ya sólo alberga tristeza y miseria.
Y por allí pasa un trono, sobrio y pesado. Llevado por hombros de portapasos sin rostro, de hombres comprometidos que siguen el paso. Y cuando dejan el trono y se retuerce la madera, la oyes crujir. Oyes resoplar a los portapasos y el trono vuelve a crujir cuando sube. No se puede aplaudir cuando tienes el corazón en un puño. Y ves a Cristo retorcerse en su Cruz y lo sientes sufrir en la respiración de esos hombres. Y lloras tu culpa a escondidas, en la sombra de la noche.
Porque la procesión del silencio, si la escuchas, te susurra al oído mil cosas profundas.
Pedro Antonio Martínez García